1929-1932: Capítulo 18. La primera coalición, de la Historia de la Revolución Rusa
The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.
Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 283-292.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 20 de abril de 1998.
Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.
A pesar de todas las teorías, declaraciones y rótulos
oficiales, la realidad era que el poder del gobierno provisional
sólo existía ya sobre el papel. La revolución,
haciendo caso omiso de los obstáculos que le oponía
la llamada democracia, seguía avanzando, ponía en
movimiento a nuevas masas, robustecía los soviets, armaba,
aunque de un modo muy incompleto, a los obreros. Los comisarios
locales del gobierno y los «comités sociales»
que funcionaban en torno suyo, y en los cuales predominaban casi
siempre los representantes de las organizaciones burguesas, veíanse
desplazados por los soviets, como la cosa más natural del
mundo y sin el menor esfuerzo. Y si por acaso los agentes del
poder central se obstinaban, surgían conflictos agudos,
y los comisarios acusaban a los soviets locales de no reconocer
al poder central. La prensa burguesa ponía el grito en
el cielo, clamando que Kronstadt, Schulselburg o Tsaritin se habían
separado de Rusia para convertirse en repúblicas independientes.
Los soviets locales protestaban contra este absurdo. Los ministros
se inquietaban. Los socialistas gubernamentales visitaban los
pueblos persuadiendo, amenazando, dando excusas a la burguesía.
Pero todo esto no modificaba el verdadero balance de las fuerzas.
El carácter ineluctable de los procesos que minaban el
régimen de la dualidad de poderes se patentizaba en el
hecho de que, aunque en distintas proporciones, se desarrollasen
en todo el país. De órganos de vigilancia y fiscalización,
los soviets convertíanse en órganos de gobierno,
no se avenían a teoría alguna de división
de poderes y se inmiscuían en la dirección del ejército,
en los conflictos económicos, en los conflictos de subsistencias,
en las cuestiones de transporte y hasta en los asuntos judiciales.
Presionados por los obreros, los soviets decretaban la jornada
de ocho horas, destituían a los funcionarios que se distinguían
por su reaccionarismo, hacían dimitir a los comisarios
menos gratos del gobierno provisional, llevaban a cabo detenciones
y registros, suspendían las publicaciones enemigas. Obligados
por las dificultades, cada día más agudas, de abastecimiento
y por la gran penuria de mercancías, los soviets principales
abrazaban la senda de las tasas, decretaban la prohibición
de exportar fuera de los límites de cada provincia, ordenaban
la requisa de todos los víveres almacenados. Pero al frente
de los organismos soviéticos se hallaban, casi en todas
partes, elementos socialrevolucionarios y mencheviques, que rechazaban
indignados la consigna de los bolcheviques: «¡Todo el
poder, a los soviets!»
En este sentido, ofrece gran interés la actuación
del Soviet de Tiflis, situado en el corazón mismo de la
Gironda menchevista, que dio a la revolución de Febrero
jefes como Tsereteli y Cheidse, brindándoles luego un refugio,
cuando se hubieron gastado sin remisión en Petrogrado.
El Soviet de Tiflis, dirigido por Jordania, futuro jefe de la
Georgia independiente, veíase precisado a pisotear a cada
paso los principios que imperaban en el partido de los mencheviques,
obrando por su cuenta como poder. El Soviet confiscó para
sus necesidades una imprenta particular, llevó a cabo detenciones,
concentró en sus manos los sumarios y la tramitación
de los procesos políticos, racionó el pan, tasó
los productos alimenticios y los artículos de primera necesidad.
El abismo entre la doctrina oficial y la realidad viva, patente
ya desde los primeros días, fue acentuándose más
y más en el transcurso del mes de marzo.
En Petrogrado, por lo menos, observaban el decoro de las formas,
aunque no siempre, como hemos visto. Pero las jornadas de abril
se encargaron de levantar de un modo bastante inequívoco
el telón detrás del que se escondía el gobierno
provisional, poniendo de manifiesto que ni en la capital contaba
éste con un punto de apoyo serio. En los últimos
días de abril, el gobierno se hallaba en evidente decadencia.
«Kerenski decía apesadumbrado que el gobierno ya no
existía, que no funcionaba, que se limitaba a examinar
la situación.» (Stankievich.) En general, puede decirse
que este gobierno, hasta las jornadas de Octubre, no sabía
más que ponerse en crisis en cuanto se planteaba cualquier
conflicto grave, y en los intervalos... vegetar. Se pasaba la
vida «examinando su situación», y no le quedaba
tiempo para ocuparse de ningún asunto.
Para salir de esta crisis, provocada por el ensayo hecho en abril
de los combates que se avecinaban, se concebían teóricamente
tres salidas. Cabía que el poder pasase íntegramente
a manos de la burguesía, lo cual no podría conseguirse
más que mediante una guerra civil; Miliukov lo intentó,
pero fracasó. Otra solución era entregar todo el
poder a los soviets: para conseguir esto, no hacía falta
ninguna guerra civil, basta con alargar la mano, con quererlo.
Pero los conciliadores no querían querer, y las masas no
habían perdido todavía la fe en ellos, aunque esta
fe estuviese ya un poco quebrantada. Es decir, que las dos salidas
principales, la burguesa y la proletaria, estaban cerradas. Quedaba
una tercera posibilidad, una solución a medias, confusa,
proindiviso, tímida, cobarde: un gobierno de coalición.
Durante las jornadas de abril los socialistas no pensaban siquiera
en una coalición: esta gente era incapaz de prever nada.
Con su resolución del 21 de abril, el Comité ejecutivo
elevó oficialmente el hecho efectivo de la dualidad de
poderes a principio constitucional. Pero también esta vez
llegaba con retraso: la consagración jurídica de
la forma del doble poder instaurado en marzo -el régimen
de los zares y los profetas- sobrevenía en el instante
en que esta forma era arrollada por la acción de las masas.
Los socialistas intentaron cerrar los ojos ante este hecho. Miliukov
cuenta que cuando el gobierno planteó la necesidad de la
coalición, Tsereteli declaró: «¿Qué
ganamos nosotros con entrar a formar parte del gobierno? No olvidéis
que, en caso de que os encerréis en la intransigencia,
nos veremos obligados a abandonar estrepitosamente el ministerio.»
Tsereteli intentaba asustar a los liberales con el «estrépito»
que armaría el día de mañana. Para dar un
fundamento a su política, los mencheviques apelaban, como
siempre, a los intereses de la burguesía. Pero el agua
les llegaba ya al cuello. Kerenski alarmó al Comité
ejecutivo: «El gobierno atraviesa por una situación
extraordinariamente grave: los rumores que circulan acerca de
su dimisión no son ninguna intriga política.»
Por su parte, los elementos burgueses apretaban también.
La Duma municipal de Moscú votó un acuerdo en favor
de la coalición. El 26 de abril, cuando el terreno estaba
ya lo bastante preparado, el gobierno provisional proclamó
en un manifiesto la necesidad de incorporar a las tareas del Estado
a las «fuerzas creadoras activas del país que no participaban
en ellas». La cuestión se planteaba sin ambages.
Había todavía, sin embargo, una gran opinión
contraria a la coalición. A fines de abril se pronunciaron
contra la entrada de los socialistas en el gobierno los soviets
de Moscú, de Tiflis, de Odesa, de Yekaterinburg, de Nijni-Novgorod,
de Tver y otros. Los motivos de esta actitud fueron expuestos
de un modo harto claro por uno de los caudillos mencheviques de
Moscú: si los socialistas entran en el gobierno, no habrá
nadie que pueda encauzar el movimiento de las masas. pero no era
fácil que aceptaran esta razón los obreros y los
soldados, contra los cuales precisamente se enderezaba. Las masas
que aún no seguían a los bolcheviques se inclinaban
a favor de la entrada de los socialistas en el gobierno. Parecíales
muy bien que Kerenski fuese ministro, pero todavía mejor
que hubiese en el gobierno seis Kerenskis. Las masas no sabían
que aquello se llamaba coalición con la burguesía,
a la que sólo interesaba tomar a los socialistas de tapadera
contra el pueblo. Vista desde los cuarteles, la coalición
presentaba un cariz distinto, al que presentaba vista desde el
palacio de Marinski. Las masas aspiraban a desplazar a la burguesía
del gobierno por medio de los socialistas. Y así, estas
dos presiones, la de la burguesía y la del pueblo, partiendo
de dos polos distintos, convergían, por un momento, en
un punto único.
En Petrogrado, una buena parte de las fuerzas militares, entre
las que se contaba la división de automóviles blindados,
que simpatizaba con los bolcheviques, se pronunciaron por el gobierno
de coalición. En el mismo sentido se inclinaba también
la mayoría aplastante de las provincias. Entre los socialrevolucionarios
predominaba asimismo el criterio favorable a la coalición.
Lo único que ellos no querían era entrar en el gobierno
sin los mencheviques. Finalmente, era también partidario
de la coalición el ejército. Uno de sus delegados
expresó claramente en el Congreso de los soviets, celebrado
en junio, la actitud del frente con respecto al problema del poder:
«Creíamos que habría llegado hasta la capital
el gemido que exhaló el ejército al enterarse de
que los socialistas se negaban a entrar en el ministerio, a colaborar
con hombres en quienes no creían, mientras todo el ejército
se veía obligado a seguir muriendo al lado de hombres en
los cuales tampoco cree.»
En éste como en tantos otros problemas, tuvo una importancia
decisiva la guerra. En un principio, los socialistas se disponían
a adoptar una actitud expectante ante ella, como la habían
adoptado en lo referente al poder. Pero la guerra no esperaba.
Tampoco los aliados. El frente no quería tampoco seguir
esperando. En plena crisis gubernamental, se presentaron al Comité
ejecutivo los delegados del frente, formulando ante sus jefes
la siguiente pregunta: «¿Estamos en guerra o no lo estamos?»
El sentido de la pregunta era éste: «¿Tomáis
sobre vosotros la responsabilidad de la guerra o no?» No
era posible dar la callada pro respuesta. Inglaterra formulaba
idéntica pregunta en un lenguaje velado de amenaza.
La ofensiva de abril en el frente occidental les costó
muy cara a los aliados, y no dio resultado alguno. Bajo la influencia
de la revolución rusa y el fracaso de la ofensiva, en la
cual se habían cifrado tantas esperanzas, produjéronse
algunas vacilaciones en el ejército francés. Éste
amenazaba, según la expresión del mariscal Pétain,
con «escaparse de las manos». Para contener este proceso
amenazador, el gobierno francés necesitaba de una ofensiva
en Rusia, o, al menos, la promesa firme de que sería realizada.
Además del alivio material que con ello se obtendría,
urgía arrancar a la revolución rusa la aureola de
paz que la ceñía, arrancar la esperanza de los corazones
de los soldados franceses, comprometer a la revolución
con su complicidad en los crímenes de la Entente, hundir
la bandera de la insurrección de los obreros y soldados
rusos en la sangre y el cieno de la matanza imperialista.
Para alcanzar este elevado objetivo, pusiéronse en juego
todas las palancas, una de las cuales, y no la menos importante
por cierto, eran los socialistas patrióticos de la Entente.
Escogiéronse los más probados y se enviaron a la
Rusia revolucionaria, donde se presentaron trayendo por toda arma
su conciencia acomodaticia y su desenfrenado verbalismo. «En
el palacio de Marinski -dice Sujánov-, los socialpatriotas
extranjeros... fueron recibidos con los brazos abiertos. Branting,
Cachin, Grady, Debrouckère y otros se sentían allí
a sus anchas, como en su propia casa, y formaron con nuestros
ministros un frente único contra el Soviet.» Hay que
reconocer que hasta al Soviet conciliador le repugnaban un poco
aquellos caballeros.
Los socialistas aliados recorrieron los frentes. «El general
Alexéiev -escribía Vandervelde- hizo todo lo posible
por asociar nuestros esfuerzos a los que habían desplegado
pocos días antes las delegaciones de los marinos del mar
Negro, Kerenski y Albert Thomas, para sacar adelante lo que calificaba
de preparación moral de la ofensiva.» Es decir, que
el presidente de la Segunda Internacional y el ex-generalísimo
del zar Nicolás II se entendían de maravilla, asociados
en la lucha por los sagrados ideales de la democracia. Renaudel,
uno de los jefes del socialismo francés, podía exclamar
con todo desahogo: «Ahora podemos hablar ya de la guerra
del derecho sin sonrojarnos.» Con un retraso de tres años,
la Humanidad se enteró de que a aquellos caballeros no
les faltaban motivos para sonrojarse.
El 1 de mayo, el Comité ejecutivo, pasando por todos los
grados de vacilación existentes en la escala de la naturaleza,
decidió, por fin, por una mayoría de cuarenta y
un votos contra dieciocho y tres abstenciones, entrar en un gobierno
de coalición. Sólo los bolcheviques y el pequeño
grupo de mencheviques internacionalistas votaron en contra de
este acuerdo.
No deja de ser interesante el hecho de que el jefe legítimo
de la burguesía, Miliukov, sucumbiese como víctima
del nuevo lazo que se estrechaba entre la burguesía y la
democracia. «No salí; me echaron», dijo Miliukov,
años más tarde. Guchkov se había separado
ya del gobierno el 30 de abril al negarse a firmar la «Declaración
de los derechos del soldado». Puede juzgarse del sombrío
estado de ánimo que reinaba ya por aquellos días
en el campo liberal por el hecho de que el Comité central
del partido kadete, para salvar la coalición, no insistiera
cerca de Miliukov para que continuase en el gobierno. «El
partido traicionó a su jefe», dice el kadete de derecha
Izgoiev. La verdad es -dicho sea de paso- que no tenía
grandes posibilidades de elegir. El mismo Izgoiev dice fundadamente:
«A finales de abril, el partido kadete estaba deshecho. Moralmente,
había recibido un golpe del cual no había manera
de volver a rehacerse.»
Pero es que en el asunto Miliukov la última palabra tenía
que decirla también la Entente. Inglaterra estaba completamente
de acuerdo en que se relevase al patriota de los Dardanelos por
un «demócrata» más firme. Henderson, que
llegó a Petrogrado con atribuciones para reemplazar, en
caso de necesidad, a sir Buchanan en el cargo de embajador, después
de enterarse de la situación, reconoció que el cambio
era necesario. En efecto, sir Buchanan estaba donde debía
estar, pues era un adversario decidido de las anexiones, cuando
éstas no coincidían con los apetitos de la Gran
Bretaña: «Si Rusia no tiene necesidad de Constantinopla
-susurraba tiernamente al oído de Terechenko-, cuanto antes
lo diga, mejor.» En un principio, Francia apoyó a
Miliukov. Pero también aquí desempeñó
su papel Thomas, quien, siguiendo las huellas de sir Buchanan
y de los caudillos del Soviet, se pronunció contra el prohombre
kadete. Así caía el político odiado por las
masas, abandonado por los aliados, por los demócratas y
hasta por el propio partido.
La verdad era que Miliukov no merecía este cruel fin, al
menos de las manos que se lo infligían. Pero la coalición
exigía una víctima expiatoria. Y Miliukov fue sacrificado
ante las masas como el enemigo malo que ensombrecía la
marcha triunfal hacia la paz democrática. Al quitar de
en medio a Miliukov, la coalición se purgaba de golpe de
los pecados del imperialismo.
El 5 de mayo fueron aprobados por el Soviet de Petrogrado la lista
del gobierno de coalición y su programa. Los bolcheviques
no lograron reunir contra la coalición más que cien
votos. «La Asamblea saludó calurosamente a los oradores
ministros», relata irónicamente Miliukov, hablando
de aquella sesión. Pero con ovaciones no menos estrepitosas
fue recibido también Trotski, que había llegado
de Norteamérica el día antes. Trotski, antiguo caudillo
de la primera revolución, condenó la entrada de
los socialistas en el gobierno, afirmando que la coalición
no acababa con el «doble poder»; que lo que hacía
era «trasladarlo al ministerio', y que el único poder
verdadero que «salvaría» a Rusia no se instauraría
hasta que se diese un nuevo paso hacia adelante: la entrega del
poder a los diputados, obreros y soldados. Entonces comenzaría
«una nueva era, era de la clase que sufre, de la clase oprimida
alzándose contra las clases dominantes». Hasta aquí,
Miliukov. Y sigue. Al terminar su discurso, Trotski formuló
las tres normas que habían de presidir la política
de masas: «Tres preceptos revolucionarios: desconfiar de
la burguesía, vigilar a los jefes, no confiar más
que en las propias fuerzas.» Sujánov observa, hablando
de esta intervención: «Es evidente que no podía
contar con que su discurso fuera bien acogido.» Y, en efecto,
la despedida fue bastante más fría que el recibimiento.
Sujánov, extraordinariamente sensible para cuantas murmuraciones
venían de los pasillos intelectuales, añade: «Corrían
rumores de que Trotski, que no se había afiliado todavía
al partido bolchevique, era «aún peor que Lenin».»
De quince carteras, los socialistas se quedaron con seis, para
ser minoría. Todavía después de participar
abiertamente en el poder seguían jugando al escondite.
El príncipe Lvov fue mantenido en la presidencia del Consejo.
Kerenski pasó al ministerio de Guerra y Marina, y Chernov
obtuvo la cartera de Agricultura. Para sustituir a Miliukov al
frente del ministerio de Negocios extranjeros fue designado el
gran conocedor del ballet, Terechenko, que era hombre de
confianza de Kerenski y de sir Buchanan. Los tres estaban de acuerdo
en que Rusia podía prescindir, sin quebranto alguno, de
Constantinopla. Del departamento de Justicia, se encargó
Pereverzev, abogado insignificante, que pronto había de
adquirir una fugaz reputación con motivo del proceso abierto
en julio contra los bolcheviques. Tsereteli se contentó
con la carrera de Correos y Telégrafos, al objeto de poder
dedicar su tiempo al Comité ejecutivo. Skobelev, ministro
de Trabajo, en el calor de la improvisación, prometió
poner coto a los beneficios de los capitalistas en un ciento por
ciento; la frase no tardó en hacerse famosa. Sin duda,
como contrapeso, nombróse ministro del Comercio y de la
Industria al gran patrono moscovita Konovalov, que acudió
rodeado de unas cuantas figuras de la Bolsa de Moscú, para
todas las cuales hubo algún cargo importante en el gobierno.
Conviene advertir que dos semanas después Konovalov presentaba
la dimisión como protesta contra la «anarquía»
reinante en la economía del país; por su parte,
Skobelev había renunciado ya mucho antes de atentar contra
los beneficios capitalistas y concentraba todas sus energías
en luchar contra la «anarquía», sofocando las
huelgas e invitando a los obreros a que se abstuviesen en lo posible,
de pedir mejoras.
La declaración del gobierno estaba formada, como es de
rigor en las coaliciones, por una serie de lugares comunes. En
ella aludíase a la activa política exterior que
habría de mantenerse a favor de la paz, a la solución
del problema de las subsistencias y al planteamiento y futura
solución del problema agrario. No todo se reducía
a unas cuantas frases huecas. Había un punto serio, al
menos por los propósitos; era aquel en que se hablaba de
preparar al ejército «para las acciones defensivas
y ofensivas, con el fin de evitar una posible derrota de Rusia
y de sus aliados». En esto consistía, en esencia,
y a esto se reducía el verdadero sentido de la coalición,
la última carta que la Entente se jugaba en Rusia.
«El gobierno de coalición -decía Buchanan-
representa, para nosotros, la última y casi la única
esperanza de salvación para la situación militar
en este frente.» Véase, pues, cómo detrás
de las plataformas, detrás de los discursos, los acuerdos
y las votaciones de los caudillos liberales y demócratas
de la revolución de Febrero, se hallaba tirando de los
hilos el régisseur imperialista, personificado por
la Entente. Los socialistas, que se habían visto obligados
a entrar de un modo tan precipitado en el gobierno, sacrificándose
a las conveniencias bélicas de los aliados, contrarias
a la revolución, se echaron a la espalda una tercera parte
del poder y todo lo referente a la guerra.
El nuevo ministro de Negocios extranjeros hubo de mantener secretas,
por espacio de dos semanas, las contestaciones dadas por los gobiernos
aliados a la declaración del 27 de marzo, con objeto de
conseguir ciertas modificaciones de estilo que disimularan el
tono polémico contra la declaración de gobierno
de la coalición. La «activa política exterior
en favor de la paz» se reducía, por ahora, a que Terechenko
redactase celosamente el texto de los telegramas diplomáticos
que le preparaban los viejos burócratas y borrase la palabra
«pretensiones», para poner «demandas justas»,
y allí donde decía «garantía de los
intereses», «el bien de los pueblos», etc. Miliukov
apunta, con un poco de despecho, hablando de su sucesor en el
ministerio: «Los diplomáticos aliados sabían
que la terminología «democrática» de esos
telegramas era una concesión involuntaria a las exigencias
del momento, y la trataban con condescendencia.»
Thomas y Vandervelde, que habían llegado hacía poco,
no se estaban con las manos cruzadas, sino que procuraban interpretar
celosamente «el bien de los pueblos», a tono con las
conveniencias de la Entente, y hacerse, sin que les costase gran
trabajo, con los bobalicones del Comité ejecutivo. «Skobelev
y Chernov -comunicaba Vandervelde- protestan enérgicamente
contra toda idea de paz prematura.» No tiene nada de extraño
que Ribot, apoyándose en tan eficaces auxiliares, pudiera
ya proclamar el 9 de mayo, ante el parlamento francés,
que se disponía a dar una respuesta satisfactoria a Terechenko
«sin renunciar a nada».
Sí, así era; los verdaderos amos de la situación
no se disponían, ni mucho menos, a renunciar a nada de
todo aquello de que pudieran aprovecharse. Precisamente por aquellos
días, Italia proclamaba la independencia de Albania y la
tomaba bajo su «protectorado». No estaba mal, como lección
de cosas. El gobierno provisional disponíase a protestar,
no tanto en nombre de la democracia, cuanto en nombre del «equilibrio»
violado en los Balcanes, pero su impotencia le obligó a
morderse la lengua.
Lo único nuevo que el gobierno coaligado aportó
a la política exterior fue la aproximación precipitada
a América. Esta nueva amistad ofrecía tres ventajas
no poco importantes: los Estados Unidos no estaban tan comprometidos
en las villanías de la guerra como Francia e Inglaterra;
la república transatlántica abría ante Rusia
grandes perspectivas en punto a los empréstitos y a los
aprovisionamientos militares; finalmente, la diplomacia de Wilson
-mezcla de hipocresía democrática y de picardía-
no podía armonizarse mejor con las necesidades de estilo
del gobierno provisional. Al enviar a Rusia la misión del
senador Root, Wilson se dirigió al gobierno provisional
con una de aquellas misivas pastorales suyas, en la cual declaraba:
«Ningún pueblo debe ser sometido por la fuerza a una
soberanía bajo la cual no desee vivir.» El presidente
americano definía de un modo no muy claro precisamente,
pero bastante atractivo, los objetivos de la guerra: «Garantizar
la futura paz del mundo y el bienestar y la felicidad de los pueblos
en el porvenir.» ¿Podía haber nada mejor? Esto
era, precisamente, lo que Terechenko y Tsereteli necesitaban:
sólidos créditos y bellos lugares comunes pacifistas.
Con ayuda de los primeros, y amparándose detrás
de los segundos, los gobernantes rusos podían dedicarse
a preparar la ofensiva que reclamaba el Shylock del Sena, blandiendo
furiosamente sus letras vencidas.
Kerenski salió para el frente el 11 de mayo con el fin
de inaugurar la campaña de propaganda en favor de la ofensiva...
«En el ejército, la ola de entusiasmo sube y crece»,
comunicaba al gobierno provisional el nuevo ministro de la Guerra,
embriagado por el entusiasmo de sus propios discursos. El 14 de
mayo, Kerenski lanza al ejército esta orden: «Iréis
adonde los jefes os conduzcan.» Y para disimular esta perspectiva,
harto conocida y muy poco atrayente para los soldados, añade:
«Llevaréis la paz en la punta de vuestras bayonetas.»
El 22 de mayo fue destituido el prudente general Alexéiev,
hombre por lo demás perfectamente inepto, y reemplazado
en sus funciones de generalísimo por el general Brusílov,
más dúctil y expeditivo. Los demócratas preparaban
con todo ahínco la ofensiva, y con ella la gran catástrofe
de la revolución de Febrero.
El Soviet era el órgano de gobierno de los obreros y de
los soldados, es decir, de los campesinos. El gobierno provisional
era el órgano de la burguesía. La Comisión
de enlace, un organismo de arbitraje y conciliación. La
coalición simplificaba esta mecánica, convirtiendo
al propio gobierno provisional en una Comisión de enlace.
Pero, con ello, el régimen de dualidad de poderes no desaparecía,
ni se menoscababa en lo más mínimo. Lo que resolvía
el problema no era, precisamente, que Tsereteli fuera vocal de
la Comisión de enlace o fuese ministro de Correos; en el
país coexistían dos organizaciones estatales incompatibles:
una jerarquía de funcionarios viejos y nuevos designados
desde arriba y que culminaba con el gobierno provisional, y una
red de soviets formados por elección, que se extendía
hasta los más alejados regimientos del frente. Estos dos
sistemas de gobierno se apoyaban en dos clases distintas, que
se disponían a arreglar las cuentas históricas que
tenían pendientes. Los conciliadores entraron en la coalición
confiando en que podrían suprimir pacífica y progresivamente
el sistema soviético. Se imaginaban que la fuerza del Soviet
estaba concentrada en sus personas, y que, por tanto, se refundiría
con el gobierno oficial al entrar ellos en éste. Kerenski
dábale a sir Buchanan todo género de seguridades
de que los soviets «morirían de muerte natural».
Esta esperanza no tardó en convertirse en artículo
de fe de todos los jefes conciliadores. Estaban convencidos de
que el centro de gravitación de la vida política
se desplazaría de los soviets a los nuevos órganos
democráticos de gobierno. La Asamblea constituyente vendría
a ocupar el puesto del Comité ejecutivo central. El gobierno
provisional se disponía a convertirse de este modo, en
el puente que había de conducir al régimen de república
parlamentaria.
Lo malo era que la revolución no quería ni podía
seguir estos sabios derroteros. Lo ocurrido con las nuevas Dumas
municipales era un presagio inequívoco en este sentido.
Las Dumas habían sido elegidas a base de un amplísimo
sistema de sufragio universal, en que votaban hombres y mujeres,
y los soldados gozaban de los mismos derechos que la población
civil. Tomaron parte en la lucha cuatro partidos. La Novoie
Vremia, antiguo órgano oficioso del gobierno zarista
y uno de los periódicos menos honrados del mundo -¡que
ya es decir!-, invitaba a los derechistas, a los nacionalistas,
a los octubristas, a votar por los kadetes. Pero cuando la impotencia
política de las clases poseedoras se hubo puesto completamente
en evidencia, la mayoría de los periódicos burgueses
lanzó esta elocuente consigna: «¡Votad por quien
queráis, con tal que no sea por los bolcheviques!»
Los kadetes formaban, en todas las Dumas y en todos los zemstvos,
el ala derecha los bolcheviques, la minoría de izquierda
cada vez más robusta. La mayoría, generalmente aplastante,
correspondía a los mencheviques y socialrevolucionarios.
Parecía que las nuevas Dumas, que se distinguían
de los soviets por una mayor integridad de representación,
iban a gozar de gran autoridad. Además, como organismos
de derecho público que eran tenían la ventaja inmensa
de gozar del apoyo oficial del Estado. La milicia, las subsistencias,
los transportes locales, la instrucción pública,
dependían directamente de las Dumas. Los soviets, en su
calidad de organismos «privados», no tenían ni
presupuesto ni derechos, y así y todo, el poder residía
en sus manos. En realidad, las Dumas eran una especie de comisiones
municipales adjuntas a los soviets. Aquel pugilato entre el sistema
soviético y la democracia formal, tenía que ser
tanto más sorprendente cuanto que se realizaba bajo la
dirección de los mismos partidos, socialrevolucionarios
y mencheviques, que, aunque tuviesen mayoría lo mismo en
las Dumas que en los soviets, estaban profundamente convencidos
de que éstos tendrían que ceder el sitio a la Duma,
y hacían o, por lo menos, intentaban hacer en este sentido
cuanto podían.
La solución de este enigma, acerca del cual se reflexionaba
relativamente poco en el torbellino de los acontecimientos, es
muy sencilla: los municipios, lo mismo que todas las instituciones
democráticas en general, sólo pueden funcionar a
base de relaciones sociales estables, es decir, de un determinado
régimen de propiedad. Pero la esencia de toda revolución
está, precisamente, en poner esa base social en tela de
juicio, en tanto que se contrasta revolucionariamente la correlación
de las fuerzas de clases y éstas dan la contestación.
Los soviets, pese a la política de sus dirigentes, eran
una organización combativa de las clases oprimidas, que
se agrupaban consciente o semiconscientemente para modificar las
bases del régimen social. Los municipios daban igual representación
a todas las clases sociales reducidas a la abstracción
de ciudadanos; en medio de aquellas condiciones revolucionarias,
tenían gran parecido con esas conferencias diplomáticas
en que los representantes se entretienen en un lenguaje convencional
e hipócrita, mientras los pueblos representados se preparan
febrilmente para la guerra. En las jornadas revolucionarias por
las que estaban atravesando, los municipios arrastraban una vida
semificticia. En los momentos decisivos, cuando la intervención
de las masas marcaba la orientación principal de los acontecimientos,
los municipios saltaban hechos añicos y sus elementos componentes
iban a parar uno y otro lado de la barricada. Bastaba con detenerse
un momento a compara el papel que hacían los soviets y
el que hacían los municipios, durante los meses de mayo
a octubre, para prever la suerte que a la Asamblea constituyente
le estaba reservada.
El gobierno de coalición no se daba ninguna prisa en convocar
la Asamblea. Los liberales que, faltando a las reglas de la aritmética
democrática, tenían la mayoría en el gobierno,
no se apresuraban tampoco a acudir a la Asamblea constituyente
para representar en ella, como lo representaban en las nuevas
Dumas, el papel de impotente ala derecha. La Comisión especial
encargada de preparar la convocatoria de la Asamblea constituyente
no empezó a funcionar hasta fines de mayo, tres meses después
de la revolución. Los jurisconsultos liberales dividían
cada pelo en dieciséis partes, agitaban en la retorta todos
los componentes democráticos, disputaban sin fin acerca
de los derechos electorales del ejército y de si debía
o no concederse el voto a los desertores, que se contaban por
millones, y a los individuos de la familia real, que se contaban
por docenas. En lo posible, se rehuía hablar de la fecha
de reunión de la Asamblea. El tocar este punto en la Comisión
estimábase, por lo general, como una falta de tacto, de
la cual sólo eran capaces los bolcheviques.
Transcurrían las semanas, y a pesar de las esperanzas concebidas
y las profecías formuladas por los conciliadores, los soviets
no desaparecían. Es cierto que, desorientados por sus propios
jefes, caían, en algunos momentos, en un estado de semipostración,
pero a la primera señal de peligro se ponían de
pie, evidentemente de un modo indiscutible para todo el mundo
que los soviets eran los verdaderos amos de la situación.
A la par que los saboteaban, los socialrevolucionarios y los mencheviques
veíanse obligados a reconocer su supremacía en todos
los casos de importancia. Esta supremacía se patentizaba,
asimismo, en el hecho de que las mejores fuerzas de ambos partidos
estuviesen concentradas en los soviets. A los municipios y a los
zemstvos se destinaban hombres de segunda fila, técnicos,
capacidades administrativas; y lo mismo ocurría en el partido
bolchevique. Sólo los kadetes, que no tenían acceso
a los soviets, concentraban sus mejores elementos en los órganos
de la administración municipal; pero la minoría
burguesa, impotente, no pudo llegar a convertirlos en su punto
de apoyo.
Consecuencia de esto era que nadie viese en los municipios órganos
suyos. El exacerbado antagonismo de obreros y fabricantes, soldados
y oficiales, campesinos y terratenientes, no se podía
exteriorizar abiertamente en los municipios o en los zemstvos,
como se hacía en las organizaciones propias, en los soviets
de una parte, y de otra, en las sesiones «privadas»
de la Duma y demás entrevistas y reuniones de los políticos
de la burguesía. Cabe poner de acuerdo con el adversario
acerca de pequeñeces, pero nunca sobre cuestiones de vida
o muerte.
Tomando la fórmula de Marx, que dice que el gobierno es
el Comité de la clase dominante, fuerza es decir que los
verdaderos «comités» de las clases que luchaban
por el poder se hallaban al margen del gobierno de coalición.
Esto era, por lo que se refiere al Soviet, representado en el
gobierno como minoría de una evidencia absoluta. Pero no
era menos evidente con respecto a la mayoría burguesa.
Los liberales no tenían posibilidad alguna de ponerse de
acuerdo, en presencia de los socialistas, sobre las cuestiones
que a la burguesía más interesaban. La separación
de Miliukov, jefe reconocido e indiscutible de la burguesía,
en torno al cual se agrupaban todos los que tenían algo
que perder, poseía un carácter simbólico
y ponía al descubierto que el gobierno se hallaba descentrado
en todos los sentidos. La vida política giraba alrededor
de dos focos, uno de los cuales estaba a la izquierda y el otro
a la derecha del palacio de Marinski.
Los ministros, que no se atrevían a decir en voz alta lo que pensaban del gobierno, vivían en una atmósfera de convencionalismo que ellos mismos se creaban. La dualidad de poderes, disfrazada por la coalición, acabó por convertirse en una escuela de doble sentido, de doble moral y de toda clase de dobleces y equívocos. A lo largo de los seis meses siguientes, el gobierno de coalición pasó por una serie de crisis y modificaciones, pero conservó siempre, hasta el día de su muerte, sus dos rasgos característicos fundamentales: impotencia y falsedad.